A diferencia de algunos cierres anteriores, este afecta directamente a agencias críticas para la aviación, como la Administración de Seguridad del Transporte (TSA) y partes de la Administración Federal de Aviación (FAA), lo que aumenta la presión sobre una infraestructura muy sensible a esas situaciones.
Aunque los controladores aéreos mantienen su pago, reduciendo el riesgo de cancelaciones masivas, 95% del personal de seguridad aeroportuaria opera sin remuneración. Líderes del sector advierten sobre retrasos, riesgos para el personal y la pérdida de confianza de los viajeros. Aerolíneas, grupos turísticos y legisladores instan al Congreso a proteger la infraestructura de viajes y mantener los cielos estadounidenses en movimiento.
Actualmente miles de funcionarios de la TSA y trabajadores de la aviación se ven obligados a seguir trabajando sin paga, una situación que históricamente genera escasez de personal, filas más largas en los aeropuertos y mayores demoras.
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Los informes de los aeropuertos estadounidenses indican crecientes interrupciones y los viajeros enfrentan incertidumbre a medida que fluctúan las operaciones de control de seguridad y los niveles de personal.
Cierres anteriores obligaron a reducir los vuelos en los principales aeropuertos y provocaron retrasos generalizados ante la creciente presión que enfrentaban los controladores aéreos.
Los aeropuertos de los principales centros de operaciones, incluidos Nueva York, Los Ángeles y Atlanta, ya han informado tiempos de espera de seguridad más prolongados y desafíos operativos a medida que se desarrolla el cierre.


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